La métrica es la parte de la poesía que se aprende como una lista de nombres o se evita del todo. Ninguna de las dos cosas sirve delante del papel.
Lo que sigue es la mitad útil: qué mide el verso castellano, por qué no mide pies, y para qué sirve saberlo.
En castellano el verso se mide en sílabas. Se habla de octosílabo para ocho, de endecasílabo para once, de alejandrino para catorce.
La palabra pie viene de la métrica grecolatina y de la inglesa, donde la unidad es un grupo de sílabas acentuadas y no acentuadas: el yambo, el troqueo. El castellano no organiza el verso así. El Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics clasifica los dos sistemas por separado —métrica silábica para el castellano y el francés, acentual-silábica para el inglés— y la confusión es frecuente porque la aritmética se parece: un pentámetro yámbico inglés tiene diez sílabas, un decasílabo castellano también, y no se parecen en nada más.
Eso no quiere decir que el acento no cuente. Cuenta, pero de otra manera: el castellano fija la posición de algunos acentos dentro del verso —el endecasílabo lleva siempre acento en la décima, y suele acentuar además en la sexta, o en la cuarta y la octava— sin agrupar las sílabas en unidades repetidas.
Dos reglas hacen que el recuento métrico no coincida con el recuento ortográfico, y son las que explican casi todos los desajustes.
La sinalefa une en una sola sílaba métrica la vocal final de una palabra y la inicial de la siguiente. El Diccionario de la lengua española la define así, y en la métrica castellana es la norma, no la excepción: sin ella casi ningún verso de Garcilaso mediría once.
La segunda regla es la del final: el verso terminado en palabra aguda suma una sílaba y el terminado en esdrújula resta una. Antonio Quilis la fija en su Métrica española. Sin ella, dos endecasílabos correctos parecerían medir diez y doce.
El contador de sílabas de Ilena da esa medida mientras escribe.
El endecasílabo llegó de Italia en el siglo XVI con Garcilaso de la Vega y trajo consigo el soneto: catorce versos, dos cuartetos de rima abrazada y dos tercetos. Es el verso culto por excelencia del castellano.
El octosílabo es más antiguo y más popular. Es el verso del romance, con asonancia en los pares y los impares libres, una forma documentada desde el siglo XV que llega intacta al Romancero gitano de Lorca. Navarro Tomás señala que esa combinación —ocho sílabas y asonancia— es la más duradera de la tradición en lengua castellana.
La diferencia entre ambos no es de prestigio sino de velocidad: el octosílabo cierra el patrón antes y avanza más deprisa.
La métrica deja al poeta dos herramientas para ajustar un verso sin cambiar sus palabras. La diéresis separa en dos sílabas un diptongo —süave en tres sílabas y no en dos— y la sinéresis une lo que normalmente se separa.
Se marcan porque son excepciones deliberadas. Un verso que las usa sin señalarlas no está midiendo mal: está pidiendo que se le lea de otra manera.
Una forma fija es un marco elegido, no una imposición. Muchos autores trabajan con una longitud regular sin seguir ninguna forma clásica, simplemente porque la regularidad produce un efecto que quieren.
La utilidad de la métrica es hacer visible la distancia entre lo que usted había decidido y lo que el texto hace. Lo que haga después es una decisión artística.
Una irregularidad vista es un efecto. Una irregularidad no vista es un descuido.
Si escribe textos destinados a ser cantados, vea sílabas escritas y cantadas, donde la voz redistribuye la medida.
Ilena muestra la medida de cada verso junto al poema, con las rimas, las definiciones y las versiones sucesivas.