Un poema rara vez empieza por un tema. Empieza por una imagen, una frase oída al pasar, un ritmo, una contradicción: algo lo bastante pequeño como para no saber todavía para qué sirve.
El trabajo consiste en averiguar en qué quiere convertirse eso, y después en no hablar por encima.
Lo que sigue no es un formulario. Son siete preguntas en un orden que suele ayudar.
En un primer borrador suele haber un verso, o una imagen, alrededor del cual gira todo lo demás.
Encontrarlo facilita el resto: cada elemento puede juzgarse según si sirve a ese centro o simplemente lo rodea.
Rara vez es el primer verso que escribió. Suele ser el que conservaría si tuviera que tirar todo lo demás.
Un poema que dice tenía miedo pide que se le crea. Un poema que muestra la mano que no acierta con el picaporte no tiene que pedirlo.
Es el consejo más antiguo del oficio y sigue siendo el más útil. Lorca lo formulaba desde el otro lado, hablando de la imagen: la metáfora no adorna la idea, la sustituye.
No es un absoluto. Una abstracción dicha en voz alta golpea fuerte cuando todo lo que la rodea es concreto — que es exactamente por lo que deja de funcionar cuando todo es abstracto.
Lea el borrador en voz alta. El sonido lleva un sentido que el ojo se salta: una sucesión de consonantes frena un verso, una vocal abierta lo abre, un grupo de sílabas tónicas lo vuelve pesado.
No hace falta saber cómo se llaman esos recursos para usarlos. Hace falta oír si el verso suena como lo que dice.
Incluso en verso libre, la longitud del verso produce un efecto.
Una serie de versos cortos acelera o corta la respiración. Un verso largo se desborda. Una estructura regular instala una expectativa que una sola ruptura hace visible.
La métrica castellana cuenta sílabas, no pies. Dos de sus medidas de referencia son el endecasílabo (once sílabas), que se aclimató en castellano en el siglo XVI con Boscán y Garcilaso y que sostiene el soneto, y el octosílabo (ocho), la medida del romance. Contar exige aplicar la sinalefa —la vocal final de una palabra se une a la inicial de la siguiente— y la regla del final agudo, que suma una sílaba, o esdrújulo, que resta una.
El contador de sílabas le ayuda a comparar. La medida es una observación, no una nota.
Un verso distinto de los demás no es necesariamente un problema. La pregunta es si esa diferencia produce el efecto que usted quiere.
Una irregularidad vista es un efecto. Una irregularidad no vista es un descuido.
La rima puede estructurar un poema, crear un eco, reforzar una idea o producir una sorpresa. También puede encerrar el texto si cada verso se escribe solo para llegar al último sonido.
Busque primero lo que el pasaje debe conseguir; explore después las rimas posibles.
El castellano ofrece dos caminos, y la distinción importa. La rima consonante hace coincidir todos los sonidos a partir de la última vocal acentuada; la asonante, solo las vocales. La segunda es más discreta y más flexible, y es la que Bécquer eligió para casi todas sus Rimas mientras el soneto seguía exigiendo la primera.
El diccionario de rimas vive junto al texto para que las opciones no salgan de su contexto. Vea también Ilena para poetas.
Una palabra puede cambiar la temperatura de un poema.
Compare los sinónimos. Lea las distintas acepciones. Pruebe el antónimo aunque sepa que no lo va a conservar. Pregúntese qué sugiere la palabra además de lo que significa literalmente.
El Diccionario de la lengua española ordena las acepciones y marca el registro de cada una; ahí está la connotación que ninguna lista de sinónimos señala.
No se trata de complicar el vocabulario. La palabra más sencilla suele ser la más precisa. Se trata de elegir en lugar de aceptar la primera que llega.
Reescribir no es reparar un mal borrador. Es el trabajo.
Quite un verso y relea. Desplace una imagen. Corte una explicación. Pruebe una palabra más concreta. Cambie la medida de un verso. Compare dos finales.
Después deje reposar el texto. Al volver unas horas o unos días más tarde se lee más como lector y menos como quien recuerda lo que quería escribir.
Conservar varias versiones es lo que abarata ese experimento: ningún cambio tiene que ser irreversible.
Una herramienta puede producir un poema en segundos. No puede querer nada, y un poema que no quiere nada se nota.
Ilena le ayuda a buscar rimas, explorar palabras, observar sus versos y conservar cada versión, mientras el poema sigue siendo suyo.
Las palabras son suyas. La decisión sobre cada una de ellas, también.