Escribir una letra sobre una melodía que ya existe es un oficio distinto del de escribir un poema. La forma está dada. El trabajo consiste en encontrar una lengua que viva dentro de ella sin parecer que la han metido a la fuerza.
Empiece por contar las sílabas que la melodía ofrece en cada frase y las que su verso tiene ahora. La diferencia entre los dos números le dice qué clase de reescritura necesita: cambiar una palabra, reordenar, o cambiar de idea.
El contador de sílabas de Ilena da esa medida junto al texto, sin interrumpir la escritura.
El inglés no tiene nada que le corresponda exactamente.
Cuando una palabra termina en vocal y la siguiente empieza por vocal, ambas se funden en una sola sílaba métrica. «Todo el aire» no son cinco sílabas sino cuatro. El Diccionario de la lengua española la define exactamente así, y en la métrica castellana es la norma, no la excepción.
A eso se añade la regla del final: el verso terminado en palabra aguda suma una sílaba, el terminado en esdrújula resta una. Antonio Quilis fija ambas en su Métrica española. Sin ellas, dos endecasílabos correctos parecerían medir diez y doce.
El recuento escrito dice lo que ha puesto. La voz dice lo que eso hace.
El castellano no agrupa las sílabas en pies como el inglés, pero sí fija la posición de ciertos acentos dentro del verso: el endecasílabo clásico acentúa en la sexta sílaba, o en la cuarta y la octava.
En la canción, esas posiciones son las que la melodía suele reforzar. Un acento léxico que cae en un tiempo débil no suena mal por sí solo; lo que sí se oye es una palabra separada de su artículo por una respiración, o un acento desplazado que obliga a pronunciar mal la palabra para que entre.
Una melodía no da siempre una nota por sílaba. Una vocal puede sostenerse sobre varias notas —un melisma— y dos sílabas pueden apretarse en un solo tiempo cuando el tempo lo pide. El canto que pone una nota por sílaba se llama silábico, y es el contraste con él lo que hace audible una nota tenida.
Es un recurso, no un problema. Una vocal abierta se sostiene bien sobre una nota larga; una sucesión de consonantes se resiste. Elegir las palabras también por su sonido, y no solo por su sentido, es la mayor parte del trabajo aquí.
La diéresis y la sinéresis dan además un margen: separar un diptongo en dos sílabas, o unir dos vocales que normalmente se separan, permite ajustar un verso sin cambiar sus palabras.
Cuando un verso tiene que perder una sílaba, la tentación es cortar la palabra pequeña más cercana. Eso estropea primero el sentido y después el ritmo.
Suele ser mejor reformular el verso entero alrededor de una palabra portadora más corta. Un sinónimo, un antónimo que invierte la frase o una imagen distinta pueden dar un verso que encaja y que sigue diciendo lo que usted quería.
Cuando cambia el final del verso, cambia la rima con él: vea cómo elegir mejores rimas.
Ajustar palabras a una música produce muchos borradores casi idénticos. El tercer intento encaja pero ha perdido algo que tenía el primero, y para entonces nadie recuerda exactamente qué decía el primero.
Ilena conserva las versiones sucesivas de una obra para que compararlas no dependa de la memoria.
Mida sus versos, busque rimas y sinónimos, conserve cada versión — todo junto al texto que escribe.